
Escribo este blog en homenaje a todas las mujeres, no solo a aquellas que encajan perfectamente dentro de lo binario. Hablo de mujeres audaces y fuertes que, a pesar de grandes obstáculos y limitaciones sociales, se han atrevido a ser valientes y a pararse plenamente en su poder. Mujeres que llegaron décadas antes de mi nacimiento, y aquellas que han dado forma a las décadas de mi vida y mi liderazgo.
Debo comenzar con mi hermosa madre, Gaynell Joyner-Walker, mi primera maestra. Amó con fiereza y me crió para hacer lo mismo. De ella heredé el tipo de tenacidad que perdura, junto con una valentía audaz que me recuerda mantenerme erguida en caminos inciertos. Y lo más importante, me enseñó a celebrar las pruebas que superas con la cabeza en alto.
Aprendí la gratitud en la mesa de la cocina. Aprendí estrategia observándola estirar cada dólar, y aprendí la paciencia en los momentos silenciosos de una pausa. Mi madre me enseñó que el tiempo es uno de los regalos más preciosos que puedes dar. Ella dio el suyo generosamente: escuchando, presentándose y cultivando conexiones que importaban. Invirtió su tiempo en niños, vecinos, amigos, familia y comunidad. Al hacerlo, me enseñó que las relaciones no se construyen solo con palabras, sino con presencia.
Mi tía-abuela Mamie y mi tía Alice les enseñaron a las generaciones que las siguieron que el silencio protege los sistemas, no a las personas, y que tu voz es transformadora. ¡Así que HABLA!
Tuve el privilegio de aprender de mujeres en mi comunidad, como Sharon Callender, quien me ayudó a entender que el cuidado comunitario es político, y que buscar la equidad no se trata de caridad, sino de calidad de vida.
Líderes de salud pública como Deborah Prothrow-Stith me enseñaron que nombrar claramente el daño es esencial para transformarlo. Las instituciones no cambian sin presión; y cuando exijo un cambio estructural, llevo sus lecciones conmigo.
Cuando me niego a aceptar un lenguaje de equidad diluido, escucho la voz y la sabiduría de la Elder Atum. Ella nos recuerda que el lenguaje les fue arrebatado a los africanos esclavizados, y sin embargo nuestros ancestros fueron creativos e innovadores. Encontraron nuevas formas de hablar, de nombrarse a sí mismos y de reclamar su humanidad. Esa historia me recuerda que el lenguaje importa, y elijo el mío con cuidado.
Cuando proclamo que todas las mujeres audaces y valientes merecen más que un reconocimiento simbólico, estoy haciendo eco de lo que las mujeres negras siempre han modelado, mucho antes de que yo tuviera las palabras para expresarlo.
Antes de que yo dirigiera una organización, desafiara una política o dijera la verdad en espacios que no valoraban mi experiencia vivida, había mujeres en esos espacios abriendo un camino para mí. No siempre famosas, no siempre con credenciales, pero sin duda poderosas. Me mostraron lo que significa mantenerse firme cuando las apuestas son altas, hablar cuando es inconveniente, y sostener a la vez la ternura y el fuego.
Mi liderazgo es el resultado de observar a mujeres navegar el racismo, el sexismo, la inestabilidad económica y el abandono de las políticas públicas, e insistir aun así en la dignidad mientras portaban la gracia.
Mi audacia no comenzó conmigo. Primero fue heredada, luego cultivada y ahora es propósito.
El trabajo que realizamos en Community Solutions for Health Equity (CSHE) aborda una multitud de problemas de salud comunitaria y exige que las instituciones de salud se comprometan a escuchar, actuar y rendir cuentas. Insistimos en confrontar las inequidades raciales y las normas estructurales dañinas que han contribuido a las violaciones reproductivas contra las mujeres negras, latinas e indígenas, quienes también experimentan tasas desproporcionadamente altas de mortalidad materna e infantil, apoyo mental y posparto inadecuado, y mayor diagnóstico de cáncer cervical y de mama.
Nuestro coraje es colectivo y multicultural, proveniente en gran parte de las mujeres que han vivido estas mismas disparidades y se han negado a guardar silencio sobre ellas. La resiliencia entretejida en este trabajo es el hilo de cada mujerista que nos ha guiado. Continuamos construyendo un mundo arraigado en el cuidado, la equidad y la justicia, no como una aspiración, sino como una obligación.
Esta audacia es legado. Está llena de propósito. Es mi responsabilidad con cada mujer que pavimentó este camino, y con cada mujer que lo recorrerá después de mí.
Karla Walker
Director Ejecutivo Fundador
Soluciones Comunitarias para la Equidad en Salud
